Bombas y burlas

Escribe: Eduardo A. Volonté.-

Hubo tiempos en que las guerras las hacían los hombres no solo la tecnología.

Y entre bombas, tiros y sablazos, tenían tiempo para la ironía y seguir la pelea mediante la palabra, en muchos casos más filosa que  la espada.

Rememoremos algunos encontronazos de ambas formas allá por los años iniciales  de la revolución de Mayo.

Las fuerzas de Buenos Aires sitiaban Montevideo y por su parte los realistas dominaban las aguas. Un empate técnico que le llaman.

Al mando de la vecina orilla estaba  Francisco Javier de Elío, quien mantenía un particular encono con Buenos Aires y su gente.  El que era debidamente correspondido desde este lado.

Allá por fines de marzo de 1811 Elío despachó una flotilla al mando del marino Juan Ángel Michelena, el que el 4 de abril se presentó en el puerto de Santo Domingo de Soriano exigiendo a los locales  que depongan las armas que estaban al servicio de la revolución.

La respuesta de las autoridades militares (Celedonio de Escalada, luego protagonista del combate de San Lorenzo y Miguel Estanislao Soler) no se hizo esperar: “Las armas de la Patria no pueden rendirse, por tanto la amenaza de usted, nada intimida a una porción de patriotas esforzados y de tropas aguerridas que tengo el honor de mandar, y con las que perderé la última gota de sangre en honor de mi patria «.

La respuesta fueron las  bombas por más de dos horas. Tras ellas las palabras criollas de crítica al ataque a la población indefensa y la tocada de oreja: “Los infelices vecinos a quienes V.S. está batiendo en sus casas, no son los que sostendrán  un ataque si V.S. se resuelve admitir el desafío a que le emplazo, saliendo de las baterías de sus buques: tengo tropas de ejército e intrépidos patriotas, a los que debe combatir no a los ranchos de este pueblo».

 La réplica realista no se hizo esperar: “…tanto a las tropas y vecinos de estas poblaciones y campañas, no les he visto más que correr validos de sus ligeros caballos…. eche Ud. pie a tierra, y elija el sitio, verificaré yo el atacarlo y destruirlo en muy pocos momentos”.

Desembarcados los realistas, al ser prontamente derrotados por las tropas de Soler “huyeron vergonzosamente dejando las dos piezas de artillería por no detener su veloz fuga”.

BOMBAS SOBRE LOS PORTEÑOS

Otro round  se jugó  en julio entre  Buenos Aires y  de Elío.  Habiendo éste intimado a los porteños a rendir la ciudad, la respuesta no dudó. “Ni el tono valentón con que usted insulta ni el amago de ferocidad será bastante para desviar al gobierno de Buenos Aires”.

La Gazeta de Bs. As. no se quedó atrás  e ironizaba “¿Se ha visto alguna vez hasta ahora bombardear una ciudad abierta por cuatro lados? … ¿Qué culpas tienen los edificios de nuestras acciones? ¿No es para ellos los españoles mismos más ventajoso conservarlos? …Buenos Aires no tiene más murallas que nuestros pechos; y para aco­meter hombre que no tienen parapeto que los defiendan, excusadas son las bombas y las granadas; el fusil y la espada son los únicos verdaderos resortes del valor; lo demás no es pelear, sino hacer daño, y manifestar que son cobardes, pues son indecentes«.  Una vez más la escuadra realista se iba con las manos vacías.

EN CORRIENTES TAMBIÉN

Buscando mejor suerte, parte de la escuadra sitiaba y bombardeaba la ciudad de Corrientes.  La respuesta del gobernador Elías Galván transitó por el mismo tono que antes la porteña: “Las casas que inútilmente está usted volteando, no son las que han de batir a los patriotas que tengo el honor de mandar; y los que desean que ponga usted tierra, para hacerle conocer la diferenció que hay entre los soldados mercenarios y a los que sólo se batirán por conservar su libertad».

«…Si usted quiere realmente batirse, baje a tierra, que lo espero, y si quiere aglomerar más y más sus delitos, siga volteando ranchos, que yo le aseguro que irá muy lejos a pagarla”.

El realista Clemente, respondió levando anclas y volvió río abajo masticando bronca.

Reemplazado Francisco Javier de Elío por Gaspar Vigodet, éste dispuso el 4 de marzo de 1812 otro ataque contra Buenos Aires,  al mando de Primo de Rivera, a quien cariñosamente la Gazeta de Buenos Aires llamaba Don Primo.

El “horrible bombardeo” tal cual lo calificaran los periódicos de Montevideo, no mereció en cambio igual categoría para la Gazeta porteña, para la cual “tan fulminante operación guerrera de ochos buques armados, fue el terror de las pobres lavanderas que cubrían las orillas del río.  Los bravos marinos cuyos altos designios eran tomar el bergantín  “Queche”, único buque que con su lancha cañonera sostenía la pelea”

Más adelante La Gazeta  ironizaba sobre el resultado del bombardeo: “Sus destrozos fueron considerables: una garita del muelle perdió algunos cascotes  que no le hacían falta y el Queche recibió varios tiros en la maniobra. La escuadra sutil dejó  un mástil y algunos indicios de su mala fortuna y cansada de divertir a los  espectadores, se  retiró a fondear en el punto más distante. ¿Quién creyera que la escuadra de Don Primo venía a hacer escaramuzas en el río? «.

Las cosas siguieron parecidas un tiempo más, pero la suerte realista ya estaba echada.-