Escribe. Eduardo A. Volonté.-
Eran las ocho horas, quince minutos y diecisiete segundos del seis de agosto de 1945 cuando el bombardero norteamericano B-29, bautizado Enola Gay, descargaba por primera vez en la historia de la humanidad el terrible poder destructor de una bomba atómica sobre la indefensa ciudad de Hiroshima.
«Little Boy», la bomba de uranio de una potencia de 20 kilotones -veinte veces la explosión de mil toneladas de TNT- que estallara a 580 metros por encima de esa ciudad del suroeste de Japón, se convertía en el instrumento mediante el cual se iniciaba la era atómica con fines bélicos.
Tres días después, otro B-29 llamado Bock´s Car, -ante la imposibilidad por cuestiones climáticas de hacerlo sobre Kokura, el blanco previsto inicialmente- arrojaba su mortal carga sobre Nagasaki, esta vez con una bomba bautizada “Fat Boy”, un proyectil de plutonio de un metro y medio de ancho por tres metros 25 centímetros de largo y cuatro toneladas y media de peso.
Cuesta imaginar el efecto de aquella masa de energía liberada sobre Hiroshima: antes de tocar tierra se trasformó en una esfera de fuego en medio de una terrible detonación.

EL INFIERNO
Llamas rojas, azules y marrones cubrieron el 40 por ciento del área urbana, mientras el sonido de la explosión era ensordecedor. Una columna de humo blanco en forma de hongo se elevó en cuarenta segundos a tres mil metros, y al minuto y medio alcanzó los nueve mil.
Un cuarto de hora más tarde una lluvia densa y viscosa inundó la ciudad con partículas radiactivas. La presión del aire –de hasta 10 toneladas por metro cuadrado- aplastó contra el suelo todos los edificios en un radio de un kilómetro y medio.
El calor generado alcanzó a decenas de miles de grados. Este colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación, para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora.
El resultado inmediato fue la destrucción casi total de Hiroshima, unos 48.000 edificios fueron destruidos completamente, quedando solo en pie el “Domo”, un edificio suyo esqueleto preside hoy el Parque Memorial en homenaje a las 140.000 víctimas fatales.
Los que no murieran en el acto, lo hicieron días o meses o años después. Perdían el pelo, la piel, los ojos, los glóbulos blancos, y agonizan entre vómitos y fiebres.
En 1946 el promedio mensual de muertes en Hiroshima era hasta veinte veces mayor que antes de la explosión. Entre 1951 y 1953 millares de personas morían de cáncer, leucemia, úlceras internas.
A esos miles y miles de víctimas que encontraron una muerte horrible en medio de aquellas explosiones nucleares que prácticamente arrasaron con la vida de esas ciudades, por décadas se siguieron sumando muertes por exposición a las radiaciones mortíferas.
Las imágenes de hombres, mujeres y niños carbonizados, incluso virtualmente volatilizados y prácticamente estampados en el piso o paredes, seguirán de por vida marcándonos la dimensión de la barbarie cometida.
APRENDER LA LECCIÓN
Este episodio que en nada prestigia a la especie humana, durante décadas pareció haber sido sin embargo olvidado por los responsables del poder mundial.
Recién por primera vez a 65 años del hecho, el embajador de los Estados Unidos, John Roos participó de los actos de recordación, como también lo hicieron representantes de Francia e Inglaterra.
A 81 años de aquella dolorosa jornada, lejos está de poder decirse que el fantasma del empleo de armas nucleares haya desaparecido para siempre.
Hoy en día, a pesar de los promesas y planes de desarme, el potencial de destrucción de los arsenales en manos de manos de las potencias nucleares, convierte a aquellas bombas de 1945 en armas menores.
Han pasado 81 años de aquellos días, sin embargo, aquel olor a espanto –que cantara María Elena Walsh- aún sigue flotando en el aire y lejos de extinguirse parece estar más presente que nunca.
Por eso, no debe olvidarse nunca la triste lección de Hiroshima y Nagasaki, porque como lo marcara durante una visita a Japón el entonces Papa Juan Pablo II “recordar Hiroshima es aborrecer la guerra; recordar Hiroshima es empeñarse por la paz. La guerra es la destrucción de la vida humana; la guerra es la muerte”.-

