Escribe: Eduardo A. Volonté.-
“…y de Greco, que yo he visto bailar en la vereda…”, así dice Jorge Luis Borges en uno de su poemas mas logrados, titulado precisamente, Tango.
Y no resulta caprichosa la cita borgeana, porque Eduardo Arolas ocupó por mérito propio un lugar de privilegio en la historia del tango.
Porque a sus logros como compositor, sumó también una natural habilidad para ejecutar el bandoneón, que le hiciera decir a Enrique Delfino, que “Arolas tocaba de alma, ponía el corazón en los pliegues del fueye”.
Nacido en Salta 3378 del barrio de Barracas un 24 de Febrero de 1892 (Lorenzo Arola, era su verdadero nombre), este hijo de franceses, encontró en su barrio natal el escenario propicio para sus correrías alternadas con el trato y ejecución de guitarra, acompañando a los parroquianos del almacén y despacho de bebidas de su padre.
Pero la seducción del bandoneón pudo más que la guitarra, y así comenzó su aprendizaje de aquel instrumento al lado de Ricardo “Muchila” González, a quien precisamente acompañara con su guitarra.
Los progresos que día a día evidenciaban una pasión ya definida, lo llevan a abandonar, al cabo de unos años, su empleo de dibujante que fue su profesión inicial y de la que quedaran como testimonio, diversas carátulas de tangos por él ilustradas.
De aquella primera etapa surge una valorable producción de tangos donde se destacan “Una noche de garufa”, “Nariz”, Rey de los Bordoneos”, “Chúmbale”, y el vals “Notas del corazón”, por citar solo algunos.
Felipe Pigna cuenta que en 1912, Arolas estaba en Bragado contratado para tocar con su trío en un prostíbulo. Allí, “conoció a Delia y no es casualidad que en 1913 se estrenara Delia, tango regalón para piano, dedicado A mi amiguita Delia López”.
La carátula de la composición lleva el rostro de Delia, dibujado por el propio Arolas, podemos conocer así el rostro de su amada gracias a un retrato hecho por el mismo.

OTRA ETAPA
Vendrá luego lo que podría identificarse como una segunda etapa que abarca el período de 1913 al 16, siendo notoria una superación musical producto de sus estudios de teoría, solfeo y armonía con José Bombing y un mayor dominio de la profesión.
“Su nombre se consolida, su orquesta llega al primer plano, deja el café de barrio para consagrarse en el centro, primero en los cafés de Corrientes angosta y posteriormente en lujosos cabarets céntricos y palermitanos, mas presentaciones en el interior y exterior”, ha dicho sobre esta etapa Héctor Ernié.
De la misma quedan como testimonios, “Delia”, “Piteco”, “Cusifai”, “Derecho Viejo”, “Araca”, “Juegos Artificiales” (en colaboración con Roberto Firpo) y muchos otros títulos que no siempre alcanzaran la popularidad, pero por ello no menos notables en su calidad.
LA ÚLTIMA ETAPA
Por último puede marcarse una tercera etapa que cubre desde 1917 a 1923, notándose una mayor evolución musical pero influenciada por su estado anímico, no exento de algunos fracasos sentimentales, como veremos.
Dentro de esta pueden citarse –sin ánimo de ser excluyentes- “Comme il faut”, “retintín”, “El Chañar”, “Lágrimas”, “Que querés con esa cara”, “Maipú”, “Alice”, dedicado a Alice Lesage con quien en 1920 pasea por Europa.
Al regreso de una gira en 1919, -cuenta Pigna- Arolas “se enteró de que su amada Delia mantenía una relación paralela con su hermano Enrique, también guitarrista y letrista de tango, vínculo que más tarde generaría un hijo”. Ese dolor lo llevó a radicarse en Montevideo y entregarse al alcohol.
De aquellos años, presumiblemente de 1921 es “La Cachila”, considerada su obra más lograda. Su vasta producción que incluye 120 títulos en solo 15 años de composición, se cierra con “Place Pigalle”, compuesto durante su residencia europea.
De las calidades humanas de Arolas y de su estampa, brindan simple testimonio los recuerdos de Alberto Fogaza, quien fuera su pianista en Montevideo: “Como compañero, un gran amigo, nos reunía a todos por la tarde, después del ensayo, en el café ubicado en Soriano, entre Liniers y Ciudadela, a tomar unas copas y jugar una partida de truco”.
“Vestía a diario camisas a medida con moño negro y zapatos negros charolados, puntiagudos, con taquito militar…se cambiaba el traje tres veces por día”.
De aquellos años alegres y despreocupados en los que el estilo y el bandoneón de Arolas se imponía en la noche porteña, ha quedado aquella anécdota que relata que habiendo entrado al café “La Morocha” de Corrientes y Río de Janeiro, un cliente con llamativa galerita colorada y tamango y corbata haciendo juego, no fue para Arolas más que verlo y arrancar con el paso doble de Firpo, “Que salga el toro”.
A las consabidas risas de todo el café, le siguió un escándalo de tales proporciones que concluyó con la clausura del café.
EL FINAL
Fue en París donde la corta pero intensa vida de Arolas encuentra su fin a las 18.55 del 29 de Septiembre de 1924, no como producto de alguna paliza o riña producida por cuestiones de polleras como alguna vez se afirmó, sino como producto de una tuberculosis que lo mantuvo los últimos doce días de su vida internado en el Hospital Bichat, y a la cual su debilitada salud minada por la bebida, no pudo resistir.
Es parte también de la leyenda –carente de veracidad- el suponer que muriera en la pobreza.
Los datos que se desprenden de su sucesión prueban plenamente lo contrario, habiendo dejado a favor de sus herederos una importante suma de francos franceses y otros bienes.
Pero esto poco importa, porque Arolas más allá de exactitudes o yerros en lo que implique una fría y exhaustiva biografía, ocupa ya un lugar destacado en el corazón de quienes a diario se emocionan con los sonidos que de sus composiciones se desprenden.
Y esto es lo que da trascendencia a su memoria.-

