Escribe. Eduardo A. Volonté.-
La historia, esa gran memoria colectiva de los pueblos, suele jugarnos una mala pasada cuando en su afán de perpetuar el recuerdo de los grandes próceres, relega al injusto olvido a muchísimos otros, que día a día anónimamente o desde la función pública construyeron laboriosa y pacientemente nuestro progreso actual.
El olvido se agiganta cuando el merecedor del recuerdo es alguien del lugar, un antiguo convecino, alguien que ha transitado las calles de la ciudad como uno más.
Pero tal vez porque la luminosidad de su espíritu aún perdura, porque su obra como la de todos los visionarios fue para el futuro; tal vez porque sus ideales y sus sueños, son los sueños e ideales de muchos todavía; es que el recuerdo de quien fuera el Dr. Pedro Solanet sigue vigente en nuestra patria chica, desvirtuando felizmente la enunciación genérica del comienzo y perdurando terco a pesar del olvido circunstancial de algunos o la falta de recordaciones formales.
Se cumplieron el pasado 20 de junio -fecha ya cargada de simbolismo en nuestra historia- 99 años de la desaparición física de don Pedro Solanet, arrancado de la vida a la temprana edad de 47 años y cuando todavía a su plenitud creadora le restaba aún mucho por hacer y realizar por su Ayacucho, la provincia y el país.
No haremos en esta breve evocación un esbozo de su vida, rica en inquietudes y también en logros.
Pero mucho podrían decir quienes quisieran relatar su doctorado en medicina con medalla de oro y del apostolado en que convirtió su profesión, llevando en su volanta por las polvorientas calles del viejo Ayacucho el alivio al dolor físico y también moral de quienes confiaban en él; o sobre su fecunda y positiva labor a favor del progreso agropecuario.
UNA VIDA PLENA
Podríamos los radicales recordar con merecido orgullo, que además de presidente del comité local y del de la provincia de Buenos Aires, ese mismo que presidieran también Yrigoyen, Balbín y Alfonsín, que fue el primer intendente radical de Ayacucho, y el primero elegido bajo el imperio de la ley Sáenz Peña.
Podríamos también recordar su paso por el Congreso Nacional, al que honrara desde su banca de diputado nacional, dejando también allí la impronta de su claridad conceptual y su lucidez intelectual.
No puede hablarse del progreso material y espiritual de Ayacucho sin recordar entre otras, su ordenanza de 1913 reglamentando el funcionamiento del Hospital Municipal, el impulso dado a la creación de la Escuela Normal Popular, etc.
No quedaría afuera del cuadro de ayacuchenses ilustres, este hijo adoptivo que acompañando al Dr. José Luis Cantilo accedió en 1922 a la vicegobernación provincial.
Decíamos que no íbamos a narrar su vida y sin embargo, la simple mención de algunas facetas de su personalidad nos ha introducido casi inconscientemente en la presencia de una figura multifacético en su accionar, pero signada siempre por un común ideal: la realización plena del hombre argentino.
De la forma que vivió su vida y de lo alto de sus ideales, da una cabal idea el multitudinario adiós que le brindaron quienes supieron de sus muchos valores, encabezando esa triste marcha nada más y nada menos que el propio Hipólito Yrigoyen.
Por eso bien pudo decir el Dr. Cantilo, su compañero de fórmula, al despedir sus restos que “su desaparición importa una pérdida irreparable para la provincia de su nacimiento, para el partido político que contó siempre con el vigoroso impulso de su infatigable actuación ciudadana”.
Es por todo lo que fue y por lo que significó, que cuando volvemos la mirada hacia el pasado buscando el aliento necesario para seguir adelante, vemos la imagen de Pedro Solanet que parece decirnos desde su recuerdo sin tiempo, como lo dijera anteriormente aquel romántico de las barbas blancas ¡Adelante los que quedan!.-


