Escribe: Eduardo A. Volonté
Quienes la difundieron no han coincidido en la fecha en que fue confeccionada.
Unos la datan el 14 de Febrero de 1860. Otros en Octubre de ese mismo año.
Si nos atenemos al sello que se distingue en su parte superior, debería ubicarse en 1881.
Pero su ubicación temporal precisa poco importa.
De los protagonistas principales del hecho nada se sabe. Ni de Eusebio Rodríguez ni Manuel Chico ha sobrevivido su recuerdo al paso del tiempo.
Tampoco se han perpetuado las figuras secundarias de Don Rufino, Doña Pepa, la parda Nicolasa y su hija.
Pero todos ellos han trascendido al olvido merced al Acta de Defunción que el mentado Eusebio Rodríguez labrara en su condición de Alcalde, sobre el deceso de Manuel Chico.
Si nos atenemos a la información que acompaña a la mencionada Acta, la mismo fue hallada en la Municipalidad de La Matanza, en el Libro Nº 2, Folio 98 del año 1881.
En tren de ignorancias, tampoco se conoce quien fue el afortunado descubridor del Acta y si fue esa misma persona o un tercero quien la difundiera en el diario «La Época» el 16 de septiembre de 1949.
Lo cierto es que para delicia de la posteridad, el texto de esa Acta ha perdurado y nos permite acceder a la celosa actuación del Alcalde Rodríguez, como también del obstinado silencio que mantuviera don Manuel, tal vez para no convertirse en delator de su matador, algo que sin duda sus principios de criollo de ley no concebían.
También permite observar el acabado conocimiento que el Alcalde poseía de la población a la cual regía, de sus costumbres, vicios y modales.
Por respeto al difunto, hagamos silencio y reproduzcamos el ACTA DE DEFUNCIÓN:
El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que Don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente tapao con un poncho al parecer reyuno le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino, “El Catalán”, de la quebrada de Doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadáver por tercera vez y no habiendo el infraescripto obtenido respuesta categórica alguna resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. Nota: Hago constar de que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producida por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por qué zafadurías. Vale. –

