En 2014, treinta y dos años después la guerra del Atlántico Sur, Gustavo Piuma Justo volvió a las islas con su nieto Juan Cruz. Juntos, recorrieron los pasos del piloto derribado, desde donde quedó incrustada el ala del Mirage Dagger hasta el refugio donde se resguardó. El relato de una travesía íntima para honrar la memoria del veterano que ya no está
Cuando Juan Cruz Buteler Piuma (30) pisó las Islas Malvinas por primera vez en 2014, entró, finalmente, en la historia más íntima y dolorosa de su familia. Había escuchado el relato de su abuelo, Gustavo Piuma Justo, centenares de veces: lo contaba en almuerzos familiares, en entrevistas y cada 2 de abril, para el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra. Pero recién cuando caminó por los montes la isla Gran Malvina, cuando vio los restos del Mirage Dagger que su abuelo piloteó durante el conflicto bélico y cuando atravesó el mismo trayecto que él recorrió —arrastrándose, y con el cuerpo herido después de haberse eyectado del avión para salvar su vida— entendió, en carne viva, lo que significaba esa historia.


Un antes y un después
Seis años después del conflicto bélico, Gustavo escribió a máquina su vivencia en un texto de diez páginas al que tituló “Experiencia de guerra de un piloto de caza”. Según detalló, el 21 de mayo de 1982, volaba como parte de la escuadrilla “La Ratón”, integrada por el Capitán Donadille y el Primer Teniente Senn. La misión era atacar fragatas británicas en el estrecho de San Carlos; pero en el trayecto, los interceptaron aviones Harrier y un misil impactó en el Mirage Dagger que piloteaba. Pudo eyectarse, pero el golpe lo desmayó.
Al despertar, recordó, sangraba por la boca y nariz, había perdido el casco, la máscara de oxígeno y el reloj. Tenía hundido el esternón, una lesión en la columna, un ojo cegado por un golpe y un pie y por lo menos dos costillas, fracturados. Herido y sin poder caminar, estuvo 28 horas intentando sobrevivir hasta que fue rescatado.
Según Juan Cruz, en su regreso a Malvinas, Gustavo no solo pasó por la “casa de chapa” donde se refugió hasta que lo encontraron, sino que también llegó hasta una de las alas del Mirage Dagger que quedó incrustada en el monte. “Yo podría estar entre estos fierros retorcidos”, dice que le dijo su abuelo.
Ese momento marcó un antes y un después en el viaje. Desde allí, decidieron reconstruir juntos el trayecto que Gustavo había hecho en 1982, malherido y solo, para sobrevivir. “Caminamos desde el ala del avión hasta la ‘tapera’ a la que se arrastró. Nosotros lo hicimos a pie, pero él lo hizo con fracturas, reptando por el suelo y con un frío… Ahí tomé conciencia de lo que pasaron los soldados que no tenían abrigo suficiente. Eso es algo que mi abuelo solía destacar: ‘Yo iba calentito en un avión, pero hubo camaradas que pasaron meses a la intemperie en el monte’”, cuenta.

La visita al Cementerio de Darwin
La parte más emotiva del regreso a Malvinas, sin embargo, se dio cuando fueron al Cementerio de Darwin, el lugar donde descansan con honor los caídos en combate. “Fue el único momento en que lo vi llorar a mi abuelo. Dejó rosarios en algunas tumbas, se arrodilló frente a una cruz blanca y se quedó rezando como una hora”, recuerda su nieto.
Después del viaje, algo cambió en Juan Cruz. Si bien siempre tuvo una relación cercana con su abuelo y lo admiraba profundamente, dice que comenzó a verlo con otros ojos. “Empecé a sentir que era un héroe, aunque a él no le gustaba esa palabra. Siempre decía: ‘Héroes son los que no volvieron’”, cuenta. En lo personal, regresar de Malvinas también fue un cimbronazo para él: “Me agarró una crisis muy fuerte y casi dejo la carrera para meterme en la Escuela de Aviación Militar. Después de meditarlo, decidí seguir estudiando Administración de Empresas y me dediqué a volar por hobby: soy planeador y piloto privado”.
Gustavo Piuma Justo murió en diciembre de 2022, mientras Juan Cruz estaba de viaje en Estados Unidos. Su último contacto fue un sueño que el ex brigadier le compartió por mensaje de voz: estaban pescando juntos. “Me pidió que volviera, que me instalara en Argentina y emprendiera algo acá. Fue lo último que me dijo, ya con una voz muy deteriorada. Yo guardé todos esos audios. Lo fui escuchando apagarse”, cuenta.
Pero antes de partir, abuelo y nieto tuvieron un encuentro cara a cara. Fue en el hospital, apenas una semana después de que a Gustavo le detectaron el cáncer de pulmón. “Estaba bárbaro, lúcido, fuerte. Nos dimos un abrazo largo. En ese momento tuve la sensación de que no iba a volver a verlo. Pero él, como siempre, me habló firme: ‘Cuidate, buen viaje’. Tenía una fortaleza increíble”, dice.
Hoy Juan Cruz conserva cada una de esas memorias como un legado que trasciende lo personal. “Lo único que puedo hacer es transmitirlo”, dice y se despide: “Malvinas une generaciones, clases sociales, ideologías. Por eso, recordar a mi abuelo es también honrar a todos los que estuvieron ahí”.
Fotos/Gentileza de Juan Cruz Buteler Piuma