Escribe: Eduardo A. Volonté.-
Bien podría tomarse prestado el nombre de la magistral novela de Marcel Proust para promocionar una hipotética campaña destinada a recuperar la casi extinguida costumbre de ser puntual y cumplir los horarios pactados.
Hoy en día, la puntualidad parece no ser una característica de nuestro ser nacional.
Quien concurre a una cita o reunión previendo llegar unos minutos antes, sabe resignadamente que deberá esperar largos minutos –si cabe la expresión- hasta que sus interlocutores arriben al encuentro. Y otros más hasta entrar de lleno al tema convocante.
Hace ya muchas décadas que los ferrocarriles ingleses pasaron a ser un recuerdo, y con ellos su británica puntualidad para el arribo y partida de los servicios a su cargo.
Hoy los trenes, los pocos que todavía corren, parecen estar peleados con el reloj.
Colectivos -también cada vez menos- que ni salen ni llegan a los horarios establecidos, no son meras excepciones, sino en algunas empresas, casi la norma.
Negocios que anuncian una hora de apertura, pero que raramente coincide con la realidad, es algo también común.
La política es tal vez el ámbito donde menos son tenidos en cuenta los relojes. Reuniones que jamás empiezan a horario, sesiones legislativas cuyo inicio se dilata hasta lo impensado, casi tanto como innecesariamente su final.
Hasta no hace tanto tiempo atrás, la televisión y su ronda de millones era un ámbito donde los horarios se respetaban. Allí los segundos valen mucho y no era cuestión de perderlos.
Hoy por hoy, existe una nueva estrategia de competencia que ha prácticamente eliminado los horarios de comienzo de la programación. Después de… es la forma de anunciar los programas.
Queda el cine como uno de los últimos baluartes de la puntualidad. Esperemos no perderlo. (al cine, y también su puntualidad)
Sería por demás interesante, si existiera la posibilidad de medir cuanto tiempo pierde cada argentino por el incumplimiento de los horarios.
Cuantas horas, días, meses y años de su vida se le van esperando que otros lleguen.
Cuanto tiempo libre, de trabajo o de estar en familia, podría contar como extra, con simplemente cumplir todos los horarios fijados.
Ni mencionar si todo ese tiempo hoy perdido se destinara a tareas comunitarias.
La puntualidad no nos hará mejor sociedad. Pero tal vez, intentarla sea una pequeñísima muestra que algo estamos mejorando en las relaciones entre todos nosotros.-

