Escribe: Eduardo A. Volonté.-
1890 fue un año crucial en muchos sentidos. El marco en el cuál llevaba adelante su gobierno Juárez Celman, distaba mucho de ser apacible.
Una especulación afiebrada, el sistema financiero colapsado, quiebras a diario, la moneda depreciada, venalidad y corrupción en las más altas esferas, eran solo algunas de las características de aquellos días, a los que se sumaba un rotundo desprecio por los derechos ciudadanos.
El 26 de Julio de 1890, la población de Buenos Aires vio materializarse en los hechos la revolución que ya casi podía palparse en el ambiente. Confluían en ella diversos sectores, hombres de distintos orígenes, llevados por motivos también diversos.
Se daban cita allí, aquellos que como Mitre se oponían al gobierno Intentando rescatarlo para la oligarquía porteña; quienes se oponían solapada y subterráneamente a Juárez Celman, como el propio Roca, concuñado, del presidente y mentor de su candidatura.
Confluían también aquellos encabezados por Pedro Goyena, José Manuel Estrada y el grupo católico, que se oponían a un vicio del gobierno — como fuera denominado— y que lo era su liberalismo anticlerical.
Y estaban por último, quienes comprendían el profundo sentido que debía tener aquella gesta cívico—militar, encabezados por el verbo fogoso y romántico de Leandro Alem, los demoledores argumentos de Aristóbulo del Valle, la tarea sin pausas de Barroetaveña, Yrigoyen y tantos otros jóvenes de aquellos tiempos que no se resignaban a con vivir con la obsecuencia y mediocridad de los adulones del unicato reinante.
En esta heterogeneidad del frente opositor, donde como bien se ha dicho “no todos los opositores fueron revolucionarios”, estaba sin duda el germen de las contradicciones, dudas, y vacilaciones qué llevaron al fracaso en el plano militar de esta revolución.
No obstante ello, como lo expresara con acierto el senador Pizarro en los días posteriores al enfrentamiento armado “la revolución está vencida, pero el gobierno está muerto”, al punto tal que Juárez Celman debió renunciar a su cargo días después.
Esta renuncia fue quizás el logro inmediato y puntual de los acontecimientos revolucionarios.
Sería también el origen de la Unión Cívica, de la cual surgiría en 1891 la actual Unión Cívica Radical.
LA UNIÓN CÍVICA EN AYACUCHO
¿Que pasaba mientras tanto en nuestra ciudad durante aquellos tiempos?
Ayacucho no escapó al fervor cívico desatado durante los episodios revolucionarios de julio del noventa y así fue como también tuvo su Comité de la Unión Cívica.
Su integración es posible hallarla en el excelente trabajo «Origen, Organización y Tendencias de la Unión Cívica. 1889 -1 de setiembre – 1890. Relación Histórica«, que se editara en diciembre de 1890 – a solo seis meses de la revolución- por parte de Jorge W. Landenberqer y Francisco M. Conté.
En ese voluminoso texto, cargado de información, con testimonios directos de los protagonistas de aquellas jornadas, e ilustrado con numerosas fotos de excelente calidad, se reproduce la composición de los comités integrados en las distintas provincias, y obviamente en los distritos de la provincia de Buenos Aires.
Así en la página 165 se hace referencia al Comité de Ayacucho, compuesto de la siguiente manera:
Presidente Honorario: Sr. Manuel Martínez; Presidente Efectivo: Sr. Silvano Galán; Vice-Presidente: Sr. Damián Rodríguez; Secretarios Sr. Juan H. Laitte; a lo que se suman -sin mencionarse sus nombres- ocho vocales.
Todos ellos, más aquellos que desde el anonimato sumaron su adhesión a los principios de la Unión Cívica, a pesar de las dificultades, de los atropellos de las policías bravas de esos tiempos; quienes no dudaron en jugarse por una causa que entendían justa, por la soberanía popular, el sufragio libre y secreto, fueron los antecesores del radicalismo de Ayacucho y en consecuencia, es también de ellos el mérito de haber sembrado las bases de un partido que ha llegado ya a 135 años de vida.


