Escribe: Eduardo A. Volonté
En una nota anterior nos ocupamos de la multifacética personalidad de Leónidas Barletta, dejando pendiente el abundar sobre su novela Royal Circo, ambientada en gran parte en nuestra ciudad.
Pero antes de hacerlo. Vale la pena recordar otro hecho vinculado al escritor y Ayacucho.
A mediados de los años ochenta, un grupo de teatro local representó con gran suceso la obra de Barletta “La edad del trapo”.
Bajo la dirección de César Zubiaurre y con la actuación entre otros de Roque Frayderarena, Beatriz Videla, Claudia Chiminelli, Rubén Larraule, la obra se presentó en una media docena de funciones en el Salón Libertador, la Escuela Seis, en la ciudad de Balcarce, en la Biblioteca Municipal de Mar del Plata, e incluso en un certamen en la Capital Federal.
De lo logrado de las actuaciones y dirección da prueba la repercusión zonal lograda, ya que no es un hecho habitual que un grupo de teatro independiente y amateur logre un éxito como el obtenido por este grupo.
Volvamos ahora a la novela de Barletta.

En AYACUCHO
Ante la imposibilidad de reproducir las doce páginas de la novela referidas a la permanencia del Circo Royal en nuestra ciudad, transcribimos algunos párrafos de las mismas, donde se citan lugares y personajes que unifican por momentos ficción con realidad, y que dejan planteado un interrogante sobre el que más adelante avanzaremos.
Veamos esos párrafos.
“En Ayacucho instalaron el circo en las cercanías de la estación. El centro del pueblo estaba como a unas quince cuadras. Sardina, que no pensaba en otra cosa que en hacer economías, alquiló tres habitaciones en el hotel Aguerre que era un caserón muy antiguo, pero alegre y limpio”.
“(…) Cuando todo estuvo listo para la función el cielo se puso contra ellos. Llovió una semana sin parar. Las calles se transformaban en lagunas. No hubo forma de dar función”.
“(…) A Sardina se la iba acabando el dinero. El vasco del hotel exigió que Sardina pagara cada diez días, pero dijo que ya no podía mantenernos en el hotel..”
“(…) Tres días después el dueño del almacén “El Chimango” se hizo cargo de todas las instalaciones y dio el dinero suficiente para que pudiesen volver a Buenos Aires”.
“Monsieur León Chavallerie y su familia se quedaron en el pueblo para tocar en un café”.
“La paga era miserable, pero contaban con la protección de la hija del dueño de “El Chimango”, a quien llamaban “la chimanga”. Esta muchacha tenía una gran audacia y por esto y por su inteligencia la envidiaban en el pueblo. Hizo amistad con Margarita y con Socorro y los ayudaba organizando bailes y quermeses donde los contrataba como músicos”.
INTERROGANTES
Al comenzar, hacíamos mención a un interrogante al que habríamos de referirnos.
El mismo es como Barletta toma conocimiento, no ya de nuestra ciudad, sino de datos más domésticos y precisos, tales como el Hotel de Aguerre y la distancia de la estación al centro, por ejemplo.
Digamos brevemente que el Hotel de Juan Aguerre –luego propiedad de Orobia- con su tradicional cancha de pelota a paleta, funcionó en la esquina de Sáenz Peña e Yrigoyen, donde luego lo hiciera a partir de 1950 la Escuela Nacional, y actualmente la confitería Gulliver.
La respuesta es posible encontrarla en la excelente biografía que Raúl Larra publicara sobre Barletta [“Leónidas Barletta, el hombre de la campana”, ediciones Conducta, 1978].
En efecto, allí, Larra relata que Barletta “llevado por esa necesidad de cambiar de paisaje interrumpe en esos días temporariamente su trabajo en el puerto, para aceptar un corretaje de semillas forrajeras por la provincia de Buenos aires, en excelentes condiciones remunerativas”.
“En su gira llega a Tres Arroyos y allí se topa con una compañía circense varada en el hotel porque no pueden pagar sus cuentas. Al trabar amistad con los cirqueros, Leónidas salda esa deuda con el dinero de la promoción de sus ventas y luego los acompaña hasta Ayacucho entusiasmado por ese deambular lleno de misterios y sorpresas”.
Allí se despide y retoma. Pero en su cabeza entra a danzar la historia de “Royal Circo”.
Es decir que seguramente, aquella breve estadía en Ayacucho, por los últimos años de la década del veinte, lo inspiró no solo a publicar esta novela en 1930, sino que le sirvió para incorporar a su ficción aquellos datos de la realidad que citáramos antes.
“Royal Circo”, fue –según los críticos- un nuevo punto de partida en la obra de Barletta y el inicio del “realismo mágico cotidiano presente en su obra posterior”.
Por esta novela, recibió el tercer premio municipal, y merced a un curioso episodio, su incorporación como colaborador del diario La Prensa.
“Royal Circo”, por encima de sus valores literarios y de su estilo un tanto ingenuo para esta postmodernidad actual, debería constituir para los ayacuchenses un motivo de orgullo cultural, y quizás algún día, ser merecedora de recibir, como su autor, un justo reconocimiento.-

