Escribe: Eduardo A. Volonté.-
Se cumplen hoy 49 años del golpe de estado que iniciara la más brutal y nefasta dictadura cívico militar que sufriera nuestro país.
No es descabellado imaginar el inicio de ese proceso el 6 de septiembre de 1930 cuando otros militares derrocaran a Hipólito Yrigoyen iniciando la fatídica serie de golpes de estado en la Argentina contemporánea.
En definitiva, cada golpe tuvo mucho en común con los anteriores y cada uno de ellos –en los que hubo siempre injerencia civil- fue una versión corregida y aumentada del anterior, y siempre, el que perdió fue el pueblo.
Mucho se ha dicho sobre aquel 24 de marzo de 1976. Y ello es bueno, porque indica que la memoria colectiva goza de buena salud, malo sería que esta fecha quedara relegada en el olvido, postergada por las acuciantes necesidades cotidianas, o por el silencio intencionado de aquellos que mucho tienen que explicar sobre su comportamiento en esos turbulentos días.
Ante este aniversario, con la seguridad que nos da la coherencia –que alguno podrá confundir con soberbia- de haber estado siempre, incluso antes del 24 de marzo en contra del golpe militar; con la tranquilidad de no haber confundido lo accesorio con lo principal; de no haber antepuesto nada a la democracia misma, podemos decir hoy que repudiamos con la misma y firme convicción de hace 49 años lo ocurrido entonces.
El paso del tiempo no ha hecho otra cosa que reforzar el convencimiento original de que aquello no tenía justificación de ninguna especie.
Cierto es que la caótica realidad anterior al golpe le ofrecía a las FFAA argumentos de sobra para justificar su aventura que podría titularse “Crónica de un golpe anunciado”, por ello la indiferencia e incluso el alivio con que el común de la gente lo recibiera.
Pero ni el desgobierno que significaban las autoridades constitucionales de entonces, ni el irracional clima de violencia que había tomado a la sociedad como campo de batalla, ni ningún otro motivo justificaba esa irrupción del proceso democrático y todo lo que después vendría.
Tampoco lo justificaba la falta de fe democrática de muchos, producto de décadas de inestabilidad institucional, de falsas divisiones y antagonismos, de fraudes, proscripciones e intolerancia.
LA NOCHE MÁS LARGA
Y lo que vino –un verdadero infierno en la tierra- no fue producto de la casualidad ni consecuencia de errores ni excesos. Respondió a un minucioso y planificado plan inspirado en la Doctrina de la Seguridad Nacional, en la necesidad de desbaratar cualquier posibilidad de protagonismo popular, en la necesaria represión que apuntalara la implementación de las políticas económicas que pergeñara Martínez de Hoz siguiendo los dictados de los poderosos de siempre.
Pero si ello basta para repudiar esta dictadura, debemos sumarle el terrorismo de estado, miles y miles de desaparecidos y torturados, centros clandestinos de detención y una guerra absurda en Malvinas.
Esta dictadura arrojó a miles de argentinos al exilio y a una vida cotidiana dentro del país bajo el temor y sin posibilidades de ejercer los más elementales derechos constitucionales.
Pero esta dictadura produjo además una “categoría tétrica y fantasmal: los desaparecidos”. No importaba si eran hombres o mujeres; ancianos, niños o bebés. Tampoco sus ideas, condición o militancia.
Lo vivido durante aquellos años merece que cada 24 de marzo se convierta en un auténtico acto de fe democrática, en un hecho vivo que sirva para reafirmarla como única forma posible de vida y desarrollo individual y colectivo, en un repudio al terrorismo de estado pero también al uso de la violencia como metodología política provenga de donde provenga. Ningún ideal ni utopía por elevada que sea la convalida. Ni una justifica la otra.
Rescatemos una vez más, una frase del alegato presentado en el juicio a las Juntas por el entonces Fiscal Julio César Strassera: “Nos cabe la responsabilidad de fundar una paz basada no en el olvido sino en la memoria, no en la violencia sino en la justicia”.