Almafuerte, el sembrador de abecedarios

Escribe : Eduardo A. Volonté.-

Se  cumplieron el pasado 28 de febrero, 109  años  del fallecimiento en La Plata, de Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte, a la temprana edad de 62 años.

Bien ha dicho Álvaro Yunque que  “si quisiéramos  definir a Almafuerte sin desvincularlo de Pedro  B. Palacios, y   empleando  su procedimiento,  se nos ocurriría  el  más  diverso repertorio de epítetos. Por ejemplo: vehemente, turbulento, arisco, ególatra, delirante, vociferador, enfático, corajudo, filoso,  ditirámbico, tempestuoso, imperativo, angustiado, flamígero, torrencial, impulsivo, apocalíptico, quijotesco…».

Y  no  quedaría agotada la adjetivación para un  hombre  tan complejo como lo fuera Almafuerte.

No tuvo una vida fácil:  huérfano de madre a los 5 años,  al abandonar el padre el hogar,  fue criado por una tía,  mar­cando esa niñez su carácter futuro.

Contradictorios -como su personalidad- son los juicios referidos  a su obra poética.  Según Jorge L. Borges «como todo gran poeta instintivo, nos ha dejado los peores versos que cabe imagi­nar, pero también, alguna vez, los mejores».

Una obra intensa 

Fue  la  suya una época de hondas  transformaciones  en  el país, de gesta de una nueva realidad social; Almafuerte la vivió  intensamente,  y  así quedó reflejado en su poesía.

«La sombra de la  Patria”  es acabado ejemplo de ello, o  sus  innumerables  artículos  periodísticos.  Más  de cien solo durante 1891  en  el diario El Pueblo de La Plata;  artículos que no lograban esconder tras los seudónimos de Patricio,  Job,  Cocorocó, Uriel, Cívico, Max, Catón, entre otros, su inconfundible y directo estilo que no era más que el reflejo de sí mismo y su identificación con los principios de la Unión Cívica Radical.

Fue poeta y periodista,  pero por sobre todo  fue por  vocación,  un maestro rural;  a pesar de no  contar  con título habilitante, ejerció la docencia en distintas escuelas del interior bonaerense.

Vocación por enseñar 

Maestro  abnegado como pocos,  supo decir con propiedad  «yo renuncié a las glorias mundanales   / por el arduo desierto  solita­rio / para sembrar también abecedario / donde mismo se siembran los trigales».

Mercedes, Chacabuco, Salto, Trenque Lauquen, supieron de sus afanes por difundir los alcances de la educación popular, poniendo  en práctica  métodos pedagógicos novedosos,  en abierta  pugna con  los rutinarios propios de la época,   ejerciendo a la par  su tarea periodística de opositor implacable de los abusos y desviaciones de quienes detentaban el poder.

Llevó  una vida austera y sacrificada  habitando en  muchos casos en un mísero rancho donde también enseñaba,  dándolo todo a cambio de la simple satisfacción de educar.

Allá por 1875,  recorriendo Sarmiento las escuelas del interior, lo encontró  enseñando en Chacabuco, y al querer volverlo a Bs. As. halló como respuesta, esas palabras que eran toda una definición de su  vocación:  «No señor, yo me quedo en el desierto, y cuando la pampa se haya poblado, me iré de maestro al Chubut».

En 1896, una fría decisión  administrativa, lo obligó -al no poseer  el pertinente título- a abandonar su tarea docente e inte­rrumpió su labor de siembra como él la definiera.

En La Plata 

Pobre  hasta límites inimaginables,  debió apelar a la buena voluntad del hijo del Gral.  Mitre para obtener un empleo que  le permitiera sobrevivir.

Designado Prosecretario de la Cámara de Diputados  bonaerense, para ocupar su cargo debió pedir prestado un traje a un amigo de Junín.  Pero su carácter, su rebeldía innata, no facilitaba en nada  su permanencia en los modestos cargos burocráticos con  que sus amigos pretendieran ayudarle.

Así es   como,  luego de renunciar a un puesto  menor en  el correo,  en 1904 ocupa una humilde vivienda en las afueras de  La Plata, donde vivió hasta su muerte, siendo hoy la vieja casona de la  calle 66,  que obtuviera con la ayuda de algunos  amigos,  un museo que perdura su memoria.

Ha  dicho  de él,  Nicolás Cóccaro,  que «había nacido  para cantar  al hombre y así lo hizo,  con un profundo sentido  moral,  con un ideal de elevar al ser por la educación y el ejemplo de la conducta espartana hasta lo heroico».

Nacido en San Justo, partido de La Matanza, el 13 de mayo de 1854, a su fallecimiento quedó como legado  su obra poética, sus discursos, sus evangélicas, su tarea docente,  su recuerdo en quienes no lo olvidan,  y acuden a su  prédica  para  retemplar el ánimo y   hacer  realidad aquella sentencia  suya de que  “el hombre nace todos los días”. –