Escribe: Eduardo A. Volonté.-
Más allá de las restricciones que las leyes imponen para el ejercicio de los derechos,
Hoy uno se viste como quiere.
Hoy uno escucha la música que quiere.
Hoy uno anda por donde quiere.
Hoy uno lee lo que quiere.
Hoy uno opina lo que quiere.
Hoy uno hace lo que quiere.
Hoy uno mira el cine o teatro que quiere.
Hoy uno piensa como quiere.
Hoy vivimos en democracia.
Pero no siempre fue así.
Hubo tiempos en que la censura decidía lo que se podía escuchar, leer, escribir o mirar.
Hubo tiempos en que pensar, opinar, andar o hacer, podía significar dejar de hacerlo para siempre.
Hubo tiempos donde la vida no valía casi nada.
Hubo tiempos donde se decidió una guerra absurda.
Eran los tiempos de la dictadura militar.
El 30 de Octubre de 1983 constituyó el inicio del fin del período más oscuro y sangriento de nuestra historia para dar paso a la recuperación de la democracia y marchar hacia el 10 de Diciembre, cuando la asunción de las distintas autoridades y representantes elegido por el pueblo, significó el retorno pleno al estado de derecho.
De ahí en más, llevamos transcurridos 41 años ininterrumpidos de vida democrática, haciendo natural y cotidiano, lo que era impensado en los tiempos dictatoriales.
Todas esas cosas que hoy podemos hacer que citábamos al comienzo, y que para cualquier adolescente o no tanto resulta tan obvio que puedan realizarse que no comprenden muchos porque vale la pena resaltarlo, son sin embargo producto de vivir en democracia.
Claro que no vivimos en un país perfecto.
Por supuesto que la democracia, o mejor dicho las dirigencias políticas, tienen aún muchas deudas pendientes con los argentinos.
Terminar con la exclusión social y la marginación, redistribuir de manera más justa el ingreso, ofrecer una educación de excelencia, generar un desarrollo genuino y sostenible, combatir la pobreza, promover el crecimiento armónico de las distintas regiones, castigar la corrupción, consolidar y mejorar la calidad institucional, garantizar la seguridad ciudadana, alentar la convivencia en la divergencia, son solo algunas de esas deudas.
No resolverlas, no solo significa mantener una deuda moral con la sociedad, sino también contribuir al descreimiento y apatía ciudadana sobre las instituciones y sus representantes, y principalmente socavar la confianza ciudadana.
Por eso, próximos a cumplirse 41 años de aquellos comicios que marcaron el inicio de esta democracia que vivimos, es tan justo y necesario como recordar, valorar y reflexionar sobre el significado de aquella fecha, el renovar el compromiso de continuar fortaleciéndola, mejorándola, atacando a fondo los problemas que persisten.
Que el recuerdo de aquel 30 de Octubre nos impulse a marchar hacia más y mejor democracia, para seguir viviendo como queremos y para dar pronta respuesta a las crecientes necesidades que aquejan a gran parte de los argentinos.-